Spanish/english:
«You gave me peace in a lifetime of war» – le dice Aquiles a Briseida en una hermosa escena de Troya. Un guerrero que, en medio del fragor de la batalla, descubre que el amor puede ser más poderoso que la espada. Pero esta transformación épica no ocurre solo en los campos de batalla antiguos; sucede cada día en los estudios de artistas de todo el mundo, donde el lienzo se convierte en su propia Troya personal.
El Lienzo como Campo de Batalla
Cada mañana, cuando el artista se enfrenta al lienzo en blanco, libra una guerra silenciosa pero épica. Como Aquiles empuñando su lanza, el artista toma su pincel, pero no siempre con el corazón dispuesto para la batalla. Porque somos humanos, y los humanos tenemos días grises, mañanas donde el ánimo está quebrado sin razón aparente, tardes donde la inspiración parece haberse ido lejos y la energía ni el clima acompañan..
Es precisamente en estos momentos cuando cada pincelada se convierte en un acto heroico. Continuar pintando cuando el alma duele, cuando la motivación ha huido como los troyanos tras las murallas, cuando ni siquiera sabemos por qué nos sentimos vacíos. El artista debe romper esa inercia, vencer la resistencia interna y dar esa primera pincelada. Y luego otra. Y otra más.
Como los guerreros en Troya que continuaban luchando día tras día, sin saber si verían el amanecer, el artista continúa creando, pincelada a pincelada, construyendo su obra en medio de la batalla personal contra el desánimo, la duda, la oscuridad interior.
La Guerra de los Colores
En una obra abstracta, los colores libran su propia guerra épica. Los rojos sangran en el lienzo como la pasión y la furia de Aquiles, representando la intensidad del combate emocional. Los azules se extienden como la melancolía del mar Egeo, cargados de nostalgia y pérdida. Los negros avanzan como la noche troyana, pesados con la sombra del destino.
Pero cuando estos colores se encuentran, cuando el rojo toca el azul y nace el púrpura, sucede algo mágico. Como cuando Aquiles conoce a Briseida, la guerra se transforma en algo más profundo. El púrpura del amor cambia toda la composición, reorganiza las fuerzas en el lienzo, crea una nueva armonía que trasciende el conflicto original.
Los amarillos aparecen como destellos de esperanza, como la aurora que promete el fin de la batalla. Los verdes emergen como la vida que renace después de la destrucción. Y así, color tras color, pincelada tras pincelada, el artista no solo pinta: alquimiza sus emociones en guerra hacia una nueva síntesis.
El Encuentro con la Musa: La Briseida Interior
Pero la verdadera transformación sucede cuando el artista encuentra su «Briseida» interior. No es solo inspiración; es algo más profundo y arquetípico. Como Beatrice guiando a Dante a través del Paraíso, como Atenea inspirando sabiduría a los héroes griegos, como Arwen ofreciendo esperanza a Aragorn en las tierras sombrías de la Tierra Media.
Esta fuerza femenina arquetípica representa la intuición creativa, la sabiduría que trasciende la técnica, la conexión con lo sagrado del acto creativo. Cuando el artista la encuentra e integra, deja de pintar para la gloria, para el reconocimiento, para probar algo al mundo. Como Aquiles transformado por el amor, comienza a crear desde un lugar diferente: desde la paz interior, desde la conexión con algo más grande que él mismo.
Ya no es el guerrero que busca honor en la batalla; se convierte en el poeta que encuentra belleza en la vulnerabilidad, en el canal que permite que algo divino fluya a través de sus manos hacia el lienzo.
La Paz en el Acto Creativo
Cuando esto sucede, cada pincelada se convierte en una oración, cada color en una palabra de un lenguaje sagrado que solo el corazón comprende. El estudio se transforma: ya no es un campo de batalla, sino un templo donde se celebra la unión entre lo humano y lo divino, entre el dolor y la belleza, entre la guerra y la paz.
El artista abstracto, como Aquiles con Briseida, descubre que en medio de una vida de luchas internas, de días difíciles, de batallas contra la duda y el desánimo, existe una fuerza que puede dar paz: el acto puro de creación, la entrega total al momento presente donde solo existen el pincel, el color y la respiración.
Y al final, cuando contemplamos una obra abstracta verdaderamente lograda, no vemos solo colores y formas. Vemos el registro de una transformación, la huella de un guerrero que encontró su paz, la evidencia de que el amor – por el arte, por la vida, por la belleza – puede vencer cualquier guerra interior.
«Me diste paz en una vida de guerra» – susurra el artista a su obra terminada, sabiendo que en cada pincelada heroica, en cada color que se atrevió a mezclar, en cada momento que eligió crear a pesar del dolor, encontró su propia Briseida: la fuerza eterna del arte que transforma el sufrimiento en belleza.*
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English version:
«The canvas as a battlefield: heroism of the artist»
«You gave me peace in a lifetime of war,» Achilles tells Briseis in a beautiful scene from Troy. A warrior who, amidst the heat of battle, discovers that love can be mightier than the sword. But this epic transformation doesn’t only happen on ancient battlefields; it happens every day in artists’ studios around the world, where the canvas becomes their own personal Troy.
The Canvas as a Battlefield
Every morning, when the artist faces the blank canvas, he wages a silent but epic war. Like Achilles wielding his spear, the artist takes up his brush, but not always with his heart ready for battle. Because we are human, and humans have gray days, mornings where spirits are broken for no apparent reason, afternoons where inspiration seems to have vanished and neither energy nor the weather is in sync.
It is precisely in these moments that every brushstroke becomes a heroic act. To continue painting when the soul aches, when motivation has fled like the Trojans after the walls, when we don’t even know why we feel empty. The artist must break that inertia, overcome internal resistance, and make that first brushstroke. And then another. And another.
Like the warriors at Troy who continued fighting day after day, not knowing if they would see the dawn, the artist continues creating, brushstroke by brushstroke, building his work in the midst of a personal battle against discouragement, doubt, and inner darkness.
The War of Colors
In an abstract work, colors wage their own epic war. Reds bleed onto the canvas like the passion and fury of Achilles, representing the intensity of emotional combat. Blues spread like the melancholy of the Aegean Sea, heavy with nostalgia and loss. Blacks advance like the Trojan night, heavy with the shadow of destiny.
But when these colors meet, when red touches blue and purple is born, something magical happens. Like when Achilles meets Briseis, war transforms into something deeper. The purple of love changes everything. The composition reorganizes the forces on the canvas, creating a new harmony that transcends the original conflict.
The yellows appear as glimmers of hope, like the dawn promising the end of the battle. The greens emerge like life reborn after destruction. And so, color after color, brushstroke after brushstroke, the artist doesn’t just paint: he alchemizes his warring emotions toward a new synthesis.
The Encounter with the Muse: The Inner Briseid
But the true transformation happens when the artist finds his inner «Briseid.» It’s not just inspiration; it’s something deeper and archetypal. Like Beatrice guiding Dante through Paradise, like Athena inspiring wisdom to the Greek heroes, like Arwen offering hope to Aragorn in the shadowlands of Middle-earth.
This archetypal feminine force represents creative intuition, the wisdom that transcends technique, the connection to the sacredness of the creative act. When the artist finds and integrates it, he stops painting and For glory, for recognition, to prove something to the world. Like Achilles transformed by love, he begins to create from a different place: from inner peace, from a connection with something greater than himself.
He is no longer the warrior who seeks honor in battle; he becomes the poet who finds beauty in vulnerability, in the channel that allows something divine to flow through his hands to the canvas.
Peace in the Creative Act
When this happens, each brushstroke becomes a prayer, each color a word in a sacred language that only the heart understands. The studio is transformed: no longer a battlefield, but a temple where the union between the human and the divine, between pain and beauty, between war and peace, is celebrated.
The abstract artist, like Achilles with Briseis, discovers that in the midst of a life of internal struggles, of difficult days, of battles with doubt and discouragement, there is a force that can bring peace: the pure act of creation, the total surrender to the present moment where only the brush, the color and breath.
And in the end, when we contemplate a truly accomplished abstract work, we don’t just see colors and shapes. We see the record of a transformation, the imprint of a warrior who found his peace, evidence that love—for art, for life, for beauty—can conquer any inner war.
«You gave me peace in a life of war,» the artist whispers to his finished work, knowing that in every heroic brushstroke, in every color he dared to mix, in every moment he chose to create despite the pain, he found his own Briseis: the eternal force of art that transforms suffering into beauty.
